La primera vez que vimos a V., se mantuvo a distancia ya que todos le recordaban lo frágil que es un bebé. Por eso, cuando yo tuve a mi sobrino en brazos estos días, Hugo se sentaba a mi lado y ponía caras raras, vi cómo empezaba a abrir su corazoncito hacia el bebé y cómo revivía una situación parecida con su hermana más chiquitita, mentalmente. Antes de poder proponérselo yo, me dijo que le gustaría que le cantáramos la canción que le gustaba a su hermanita, y que le hiciéramos nuestro juramento de ayuda y protección, susurrado pausadamente, como se lo hicimos a ella. Así, repetimos un ritual creado para sus hermanas, llenando por momentos el vacío en su pequeño corazón. Le pregunté si quería que hablase con mi hermana para que le dejara coger a su primo en brazos. Él, que la conoce bien, dijo que mejor esperáramos a otro día, que no estaba en su mejor humor precisamente.
Llegó el momento. Al día siguiente, ella tenía cosas que hacer y yo le cuidaba el bebé cuando llegó mi cuñado. Se lo comenté a él, recordándole que yo había dejado a Hugo en brazos de un niño mucho menor, bajo control y asegurándome que estuviera bien sentado. Hugo cogió a V. en brazos y...
De acuerdo, sé que pasé mucho tiempo en contacto con culturas más viscerales, más intuitivas, y algo de eso he tenido siempre. Pero ellos se estaban comunicando, estaba claro. El bebé nunca había estado tan quieto y calmado en brazos de nadie, excepto con su padre. Y Hugo estaba claramente emitiendo todo su amor, sintiéndose de nuevo protector y responsable por una criaturita que le seguiría los pasos en corto tiempo, que le llamaría de mil formas erróneas y creería que él sabe jugar a fútbol mejor que Eto'o!







